lunes, 2 de diciembre de 2013

CONCURSO ANIMALES: OJOS DE LUNA



AUTOR: AURE NORA


OJOS DE LUNA


       Estábamos perfectamente, calentitos, juntos y, de repente, todo cambió. Empezamos a sentir la brisa, y a mamá, cuando nos daba de comer. Éramos muy felices, todos lo éramos. Sin previo aviso un día un destello muy fuerte nos cegó. “Mamá, apaga la luz”, dije, pero mamá ya no estaba y yo sólo veía a mis seis hermanitos. Estábamos solos, en un angosto lugar que parecía estar a medio construir.
Los humanos a veces nos daban de comer, pero siempre teníamos hambre, y empezaba a hacer mucho calor. Además, echábamos de menos a mamá. Desde que vimos la luz por primera vez no sabíamos nada de ella, algo que nos entristecía mucho.
       Un día, un grupo de humanos llegó a nuestro angosto hogar, con unas cajas extrañas, comida y hablando con cariño y dulzura. No entendíamos que querían hacer con nosotros, unos pequeños cruces de braco, y estábamos algo atemorizados: ellos eran demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños. Yo era la única hembra, y algo tímida, y tenía miedo. Nos cargaron en brazos y nos llevaron a un coche, que empezó a moverse, aunque no sabíamos hacia donde.
       Llegamos a un lugar casi desierto, donde solo había escombros y alguna reja, pero cuando nos soltamos creímos estar en un gran palacio. No había nada más. Ni nadie más, aunque oíamos a los humanos hablar de otros como nosotros, algo que no entendíamos, puesto que allí no se veía a nadie.
-¿Dónde nos han traído?-preguntó Luisma, mi hermano- Tengo miedo.
-No lo sé, pero creo que no van a hacernos daño. Mira, traen algo en la mano. ¿Es comida? – contesté yo.
Los humanos nos alimentaron durante muchos días a mis hermanos y a mí. Éramos solo siete allí, solo nosotros. Recuerdo que a mí me llamaban “la elegante”, por mi mancha blanca alargada en el pecho, porque era como si llevara puesto un traje, y eso me enorgullecía.
       Pronto empezaron a aparecer otros compañeros a nuestro hogar. A veces eran nuestros humanos quien los traían consigo pero, otras veces, humanos desconocidos los lanzaban por encima de la valla en mitad de la noche, para luego huir en la oscuridad. La mayoría se sentían asustados durante los primeros días que pasaban en el refugio, pero nuestros humanos se preocupaban de que poco a poco recobraran la confianza en su especie, y al final siempre acababan jugando con nosotros.
       Yo era muy feliz en el lugar. Los humanos nos daban cariño y jugaban con nosotros, y yo me sentía afortunada por contar con la compañía de mis hermanos de sangre, aunque sintiera al resto de mis compañeros y a los humanos como mi otra familia, que crecía por momentos, con cada nuevo miembro llegado desde la calle.
       Pero hubo un día muy triste, que amaneció soleado y sin embargo fue el día más aciago de nuestra existencia. Una mañana llamé a mis hermanos, para avisarles de que pronto los humanos vendrían a darnos de comer, pero dos de mis hermanos no respondían. “Eh”, les decía, “despertad, ¡qué es muy tarde para estar descansando, dormilones!”. Pero no me contestaban. Intentamos por todos los medios que abrieran los ojos, pero fue en vano.
       Cuando nuestros amigos humanos llegaron, fueron a visitarnos, con una amplia sonrisa en la cara, que se fue apagando al descubrir que algunos de mis hermanos no les daban la bienvenida como nosotros. Entraron en nuestra casa y los cogieron en brazos. Los contemplaron con ojos entristecidos, y luego nos miraron a nosotros, para después sacarlos fuera del refugio. Esa fue la última vez que vi a mis dos hermanos.
Y, mientras, otros perros llegaban a nuestro refugio, y cada día aparecía una cara nueva. Además, nuestro palacio se iba haciendo cada vez más grande, y poco a poco nuestros humanos trabajaban en el recinto para que cada día estuviera mejor, aunque solíamos escuchar que “ojalá contaran con más ayuda”, si bien es cierto que nunca tuvimos queja, porque siempre nos trataban como a reyes y nunca nos faltaba nada.
       Una noche empecé a sentirme mal, muy mal, me dolía la tripa y no sabía por qué. Bebí un poco de agua e intenté dormir algo, pensando que no sería nada, y que al día siguiente todo habría pasado. Sin embargo, cuando desperté sentí un dolor aún más fuerte que la noche anterior, y cuando miré hacia abajo descubrí horrorizaba que algo alargado me sobresalía y estaba sangrando. Cuando los humanos llegaron en sus coches y escucharon mi lamento, corrieron hacia mí para saber lo que ocurría. Rápidamente me sacaron de allí y visitamos a un señor con una bata blanca que me daba mucho miedo. Me hicieron todo tipo de cosas, cosas que no entendía, pero que hicieron que empezara a sentirme mejor. Escuché la palabra “colon” varias veces, pero no sabía a qué se referían, hasta que me dormí, para después despertar y comprobar que ya no me sobresalía nada. Afortunadamente, superar esto me hizo más fuerte, y cuando me ocurrió otras dos veces más ya no tuve tanto miedo, porque los humanos siempre me apoyaron.
       Uno de ellos me tuvo en su casa tras la operación, y me cuidó como si realmente fuera mi padre. Estuve muchos días sin ver a mis hermanos, descansando mientras estaba dolorida, así que les eché mucho de menos.
Sin embargo, tras mi recuperación, mi regreso no sucedió del modo que yo esperaba. Mis hermanos consideraron que yo les había abandonado, tal y como había hecho nuestra madre con nosotros poco después de nacer, y me dieron de lado en el mismo momento en el que puse las patas en la puerta de la que yo creía “mi casa”. No permitieron mi regreso y no se portaron bien conmigo, así que me puse muy triste.
Cuando los humanos no estaban cerca, yo huía de la jaula de mis hermanos. No me sentía cómoda ahí si no me querían con ellos. Creo que los humanos querían cambiar de sitio, para que estuviera más cómoda, pero yo no quería estar ahí, yo quería estar en mi casa, con mis hermanos, y si ellos no me dejaban acompañarles yo no quería nuevos compañeros ni un nuevo hogar. Así que, cuando los humanos se fueron y nos dejaron solos, trepé y trepé hasta escapar de aquel lugar y, como estar dentro del refugio también me entristecía, decidí salir a la calle. No quería ir más lejos, sólo me acurruqué en la puerta, para no volver a entrar.
       Mis humanos se asustaron al verme fuera, y temían que me hubiera ocurrido algo, así que me alimentaron y volvieron a meterme dentro del recinto. Pero volvía a escapar una y otra vez, hasta que entendieron que no quería salir de sus vidas, sólo del refugio en el que también estaban mis hermanos, que ya no me aceptaban. Paseaba a veces por los alrededores, y algunas personas me acariciaban cuando me veían, pero había oído historias sobre humanos que maltrataban a sus perros, y recordaba a los que había visto abandonar a varios amigos, así que cuando me encontraba a alguien que no me gustaba, me escondía.
       Era distinto a cuando veía a mis humanos, porque les recibía con mi cola bien alta y una sonrisa amplia. Ellos se acercaban para abrazarme y acariciarme, y no intentaban obligarme a entrar, por lo que yo me sentía muy feliz. Fueron días muy felices y, aunque no pasaba mucho tiempo con mis otros amigos caninos, ya no me sentía tan triste.
Además, un día apareció otro perro que se quedó conmigo fuera, Moro. Estuvimos juntos durante mucho tiempo, no nos gustaba estar el uno sin el otro. Si él se marchaba a dar un paseo, o a buscar algo, yo no me movía del sitio hasta que volvía conmigo. Le tenía un gran cariño, y nos gustaba caminar cerca de nuestra casa. Íbamos a todos lados juntos. Pero mi Moro empezó a perder visión en un ojo, y cada vez hacíamos menos cosas fuera de nuestro sitio. Él estaba siempre contento, pero yo sabía que se sentía triste porque no podía estar como antes. Hasta que un día desapareció y no supe más de él. Me quedé muy triste, y fue peor cuando supe que otro de mis hermanos había muerto, pero mis humanos siempre estuvieron ahí para animarme. Y yo volví a mi rutina, a pasear sola y a permanecer sola en la puerta del refugio.
Sin embargo, reconozco que un día hice algo que no debía: me colé en casa de otros humanos sin permiso, y cuando se dieron cuenta me echaron de allí de muy mala forma. Días después vi como el amo de la casa se acercó a “la nuestra” para hablar con mis humanos, así que yo me asusté. Mis humanos no se enfadaron conmigo, pero me obligaron a entrar al recinto, aunque me dejaron fuera de las casas mientras me construían una para mí y otro hermano, y yo obedecí sin rechistar, sabía que era mi castigo por haberme portado mal.
De nuevo estuve con mis amigos caninos y, aunque no pasaba mucho tiempo con ellos, me gustaba tenerlos cerca. Me gustaba ver sus caras cada día, al igual que la de mis humanos, Pero, al igual que casi todos los días conocíamos a alguien nuevo, otras veces dejábamos de verlo para siempre.
       Los humanos parecían muy contentos por ello, cuando les ponían una cadena, los montaban en una caja muy rara con una pequeña verja, y se los llevaban para siempre, para no volver jamás. Les oíamos decir que iban a ser muy felices, y que nunca volverían a estar solos o tristes, que les iban a querer mucho, pero yo no lo entendía, y mientras el resto se quedaba compungido. Incluso llegué a ver como algunos de mis hermanos se marchaban sin despedirse, hasta que sólo quedamos Luisma y yo. Manteníamos una relación bastante escasa, y sólo nos saludábamos cuando era estrictamente necesario e inevitable.
       Me llevaba bien con otro amigo que andaba suelto por el lugar. La verdad es que era un animal muy agradable y simpático, y los humanos le mostraban mucho afecto y comentaban “lo dócil y cariñoso que era Eclipse”, aunque todavía está buscando un amo que reparase en ello. Los dos nos respetábamos, y me gustaba tener un acompañante con el que estar y que pidiera tan poco a cambio. Aunque, un día llegó una perra pequeña, y empezó a dejarme de lado, y a preocuparse únicamente por ella, cuidando que no le pasara nada y que estuviera siempre bien atendida. Me sentí un poco celosa, pero sabía que ella no podría estar en mejores manos.
Cuando nos construyeron una casa a Luisma y a mí, él seguía guardándome rencor, y aunque era sin motivo, yo tampoco me sentía cómoda con él, así que seguía trepando y seguía saliendo fuera de la jaula, aunque esta vez ya no salía fuera del recinto, me quedaba dentro de la valla, sola. Hasta que me hicieron una casa en la que estaba todo el día, aunque es cierto que alguna vez me escapaba y trepaba la valla de fuera, para dar un paseo por la calle y luego volver.
       Y mientras, dentro seguían construyendo más casas para mis compañeros, y seguían mejorando poco a poco las instalaciones. Y seguían apareciendo nuevos perros que llegaban en estados muy diferentes. Algunos llegaban bien, otros llegaban desnutridos y otros llegaban con alguna herida, o con alguna pata rota y muy mal. Yo me asustaba al verlos, pero mis humanos intentaban por todos los medios que todos ellos se recuperaran y pudieran irse después, como habían hecho tantos y tantos otros.
Hasta que un día me llegó a mí. No sabía dónde me llevaban y me asusté. Pensé: “Me llevan a ese sitio, ese lugar desconocido dónde van todos los perros que desaparecen y no vuelven más. Y a mí me gusta estar aquí, me gusta este sitio y estar con mis humanos, que tanto me quieren”. Pero me metieron en un coche y viajé, viajé lo que a mí me pareció una eternidad, hasta que de repente el coche paró y abrieron una puerta.
En la puerta había otras personas. Hablaban un idioma extraño que yo no entendía, pero todas me sonreían y acariciaban, y de repente empecé a no tener miedo. Me llevaron a una casa muy distinta a la mía. Era muy grande y fuera había un jardín enorme, en el que podía correr libremente. Me prepararon una cama calentita y cuencos con abundante comida y agua. Había salido de un palacio para ir a otro mejor, y pensé que si mis compañeros perrunos habían ido a un lugar parecido al mío, era normal que mis humanos del refugio estuvieran tan contentos por ellos. Esperaba que así fuera, que vivieran muy felices, y que mi hermano también encontrara un lugar así pronto. Echo de menos a mis amigos humanos, porque estuve con ellos seis años en los que se portaron muy bien conmigo, y me cuidaron como si fuera su propia hija, pero sé que ellos están felices por mí ahora, porque saben que estoy en muy buenas manos y no me falta nada. Y eso es lo que me hace más feliz, recordar sus palabras: “Te echaremos de menos, Luna”.


Relato participante para la asociación: Asociación Ecologista Mágina Animal


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