miércoles, 16 de octubre de 2013

Jorge Armando Pérez Torres, RELATO PARTICIPANTE EN EL CONCURSO SIGUE UNA ESCENA #BUKUSCE


Escena inspirada del libro: “Regalo de Reyes” de Jesús Zamora Bonilla. Capítulo 1, pág. 47 (en visor “Calibre”). Escena donde Maite, hija de Pepe y Charo, llega tarde a casa por hacer los preparativos para el desfile, y ha llegado acompañada de Juanjo, un chico por el cual se siente atraída. La escena es muy pronta al final del primer capítulo.

SUEÑO DE UNA FRÍA NOCHE


Y, ambos, soñaron con el otro. No soñaron, sino el mismo sueño. De pie, caminando bajo el frío, sus corazones los mantenían calientes. Perdidos en la ilusión, muy cerca sus manos intentaban tocarse; alargaban el dedo meñique una y otra vez, abandonando todo a la fortuna, sin saber lo cerca que estuvieron dos veces de sujetarse.
Cuánto anhelaba Maite besar esos labios, donde las palabras Historia y Guerra hacían el relato de su vida y de su corazón. Esas palabras, siempre se han correspondido a ese sentimiento rebelde que es el amor. En la historia, la Conquista obedece a una intervención violenta, ruda, que extingue todo y deja su huella. ¡Conquista! ¿No es esta palabra lo mismo en el amor? La psique de uno, anonada la del otro, no deja sino espacio solo para el recuerdo del conquistador; allí yacen las caricias, los besos, las palabras, las fragancias, las miradas. Eso, es la guerra, el conquistado no vive sino para rendirle tributo a su invasor, éste, como todo sabedor de despojos vandálicos, no vive sino del otro, y, al marcharse, todo lo que deja es una tierra hollada y saqueada de sus tesoros. No queda en ella rastro alguno de aquella conquista, es decir, de aquel amor, sino el recuerdo doloroso.
Juanjo, era de esos chicos que sabe enamorar con tan solo un movimiento, con una sonrisa o una palabra; él, se ubicaba exactamente en el contexto actual que los medios de comunicación proponían, y ello, además de sus características físicas y sociales lo colocaban en algo así como “el centro del universo”. No importaba que no tuviera opinión propia, bastaba con hablar de fiestas y bailes para tener la atención de todos y todas. Él, era de esos chicos a quienes se les pregunta que serán el día de mañana, y la mejor respuesta que pueden dar es: “no lo he pensado”. Sí, así era él, hacía caso de revistas de moda y música, se actualizaba constantemente en ambos rubros. Cuando los profesores le preguntaban porque le gustaba bailar (porque en realidad lo hacía de maravilla), él respondía: “porque me gusta”. Su capacidad de aprendizaje era asombrosa, al igual que su memoria, ambos para aprender nuevos bailes y canciones; parecía una suerte de computadora en la cual se almacena la información, pero que es incapaz de pensar. Él, era el resultado de lo que el poder adquisitivo y comercial quiere de los jóvenes: no razonar, sino consumir.
Maite, todas las noches hacía un plan para confesarle sus sentimientos a Juanjo, y cada mañana se proponía llevarlo a cabo; sabía dónde encontrarlo a solas, lejos de todas las demás chicas que aún se aferraban a su compañía, lejos de todos los profesores. Pero cada día, al encontrarse con él, todos sus planes se desvanecían; no tenía la valentía necesaria para manifestarle sus sentimientos. Ella quería desvanecerse entre sus brazos y descansar sobre su pecho, quería cerrar sus labios sobre los de él y respirar el aliento de su boca. Loca, loca, estaba perdiendo la cabeza por Juanjo, y ella misma se llamaba loca, se decía enamorada y al mismo tiempo se sentía temerosa de ese sentimiento que la envolvía como una camisa de fuerza, estrangulándola y maniatándola, sin oportunidad alguna de escapar, condenada al claustro de su propio corazón. Y recordó su clase de historia, todos aquellos relatos antiguos que se dice que es la historia del hombre, y en todos ellos no veía sino la guerra y el odio; el amor estaba ausente de las páginas de la historia. Y, entonces, se decidió a encontrar ese verdadero amor, que no lo veía sino en Juanjo; para saberse real, para saberse autentica, porque veía en todos los demás una farsa, una hipocresía en eso que ellos llamaban amor, en sus caricias y palabras. Se decía así misma: “el amor no existe, es una invención, pues de lo contrario el mundo no tendría la historia que conozco. Yo, soy la primera persona que ha amado, y Juanjo será la segunda, y será a mí a quien ame. Nosotros no inventaremos el amor, sino que lo descubriremos. Ese, es el secreto de la vida”.
Ambos se volvieron y, encontraron sus rostros; esbozaron una sonrisa y un brillo en sus ojos pareció cubrirlos. Y, soñaron. Se vieron así mismos como un poeta y la amada; la redención.
Ya estaban frente a frente, los cuerpos excitados, la respiración acelerada; su aliento tenía el aroma de la pasión y el deseo. Las manos del poeta ascendían por el delicado talle de la jovencita y, detuviéronse en su pecho. Pronto, Juanjo desnudó del vestido los dos senos perfectos, semejantes al marfil, y brotaron indómitos, inconmensurables; bellos, y, ella, lo dejó hacer. Ella, era semejante a Angelica de Pino Daeni; belleza artística, belleza real, sublime, ideal, impoluta; sempiterna. Y él, era un guerrero, la palabra aguda era su lanza y, su genio; su bastión. Él, era Aquiles y Héctor, y, Orlando el furioso, era: un loco; era, un artista. Ellos eran el uno y el otro; uno mismo.
Maite, se daría a su señor, su cuerpo era el altar donde inmolaría su virginidad, el madero donde crucificaría a ese Cristo de pasión y lujuria. Y las palabras del poeta Aimé Césaire llegaron hasta su memoria como la sombra ingente de un águila desplegando las alas: et la beaute anarchiste de tes bras mis en croix 
et la beaute eucharistique qui flambe de ton sexe
au nom duquel je saluais le barrage de mes 
levre violentes 
Juanjo la tomó y, holló con sus besos aquella piel virgen como un conquistador que ha posado su pie sobre una tierra nueva; le parecía magnifica, excelsa, misteriosa. Una emoción ingente lo superó; lo ahogó. Parecióle una experiencia poética y, se miró dentro de un poema;
Je suis devant ce paysage féminin 
Comme un enfant devant le feu 
Souriant vaguement et les larmes aux yeux 
Devant ce paysage où tout remue en moi 
Où des miroirs s'embuent où des miroirs s'éclairent Reflétant 
deux corps nus saisons contre saisons

Había leído L'extase de Paul Eluard y, al leerlo, habíase mostrado como un niño delante del fuego; misterioso, hipnotizado. Ahora, esas palabras, esa belleza, ese ideal; se le mostraba como carne; el verbo transmutado; la palabra perfecta: Maite.
Juanjo tomó a la jovencita, la cargó, y la condujo así, desnudo su pecho semejante al mármol, hasta la cama. Y allí, desgarró las ropas femeninas con tal violencia que se diría un Sansón colapsando las columnas filisteas del palacio donde yacía prisionero, para ahogar en aquel cuerpo aún invicto, su pasión romántica.
Y Maite, con el alma encendida, se hundió en aquella cama inmensa y bella, semejante al dormitorio de un sultán a quien esperan todas sus mujeres; y, su cuerpo se confundió entre la seda de las sábanas blancas. Por fin, rendida ante aquel hombre, separó
sus piernas ya desnudas y mostró su sexo, el poeta acercóse lentamente, con parsimonia y, el aroma virginal de la pasión llegó hasta su rostro.
Cansado y sediento, como un guerrero extraviado en el desierto que ha hallado un oasis, Juanjo se arrojó hacia esas aguas puras, aguas vírgenes y, bebió de ellas y, se satisfizo. Parecióle un bello jardín; la tierra primigenia; vuelta a la infancia; diálogo consigo mismo y con el otro; diálogo con el todo; sombra augusta bajo palmeras edénicas; muerte prematura; encarnación en otro cuerpo; el de ella, el de él.
Entonces, se besaron, un beso más; cerrados los ojos, los poros abiertos. El sabor de sus cuerpos yacía en su saliva, corriendo como el cauce de un río que se une al ingente y misterioso mar. Sus cuerpos se entrelazaban al ritmo lento de una música hindú; el sitar y sus ecos, la marea allá afuera en el mar ascendiendo con mayor fuerza, y, en la cama, el furor de sus pasiones golpeando sus cuerpos… todo era uno mismo; una misma imagen…
Y, entonces, llegaron a la casa de Maite.
Una vez más sus miradas se encontraron, y sus alientos se confundieron; ya estaban muy cerca uno de otro. De alguna manera, ambos sabían del sueño compartido.
Entonces el teléfono de Maite sonó…


Jorge Armando Pérez Torres

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