miércoles, 30 de octubre de 2013

CONCURSO DE ANIMALES: MORGANA

MORGANA, CONCURSO DE RELATOS DE ANIMAPELES BUKUSONLINE AUTOR: Sany MG

MORGANA





        Hace unos 4 años, una noche me llamó Mónica, una gran amiga, cuyo novio trabaja en un club donde vive una importante cantidad de gatos callejeros, a los que los mismos socios y empleados, suelen alimentar y a veces hasta esterilizar, pagando las operaciones de su propio bolsillo, para mantener controlada la colonia. Ellos son una pareja amante de los animales y nuestro contacto se generó por el interés común que tenemos, de intentar darles una vida digna a los gatines. Me comentó que habían aparecido unos peques, seguramente producto de algún abandono, que necesitaban acogida y le contesté que en el “Hotel Gatuno” (así le llamamos a mi casa) tenía sitio sólo para uno. De inmediato me envió la foto de la más chiquitina, diciéndome que al otro día se pondrían en campaña para cogerla como fuera, ya que era algo arisca. A la mañana siguiente, con un frío que pelaba, pues era pleno invierno, llegaron en moto con su transportín.
Mónica llevaba guantes y cuando se los sacó, vi sus manos completamente amarillas de Betadine, por que el “bicho” que traía, la había arañado a más no poder, mientras intentaban que se metiera en la jaula. Con esos antecedentes, para sacarla la envolví en una manta y me encontré una preciosidad blanca y negra, pequeñita, de no más de 1 mes, que se defendía con uñas y dientes literalmente, bufaba, gruñía y tenía sus ojitos verdes muy abiertos por el susto.
   Cuando los chicos se fueron, me la llevé al cuarto de “civilización”, que es un pequeño aseo que está en el lavadero de nuestra casa y que hemos acondicionado para tal fin: allí tienen comida, arenero y un colchón de bebé con una manta y bolsa de agua caliente; es donde solemos poner a los peques que al no estar acostumbrados al trato con la gente, necesitan que se los vaya habituando al contacto humano con mucha paciencia y cariño, pero en un ámbito donde podamos controlarlos. La llevaba liada en la manta, pero fue tan rápida, que antes de que pudiera cerrar la puerta de baño, se había escapado. Se metió dentro del motor de un refrigerador que tenemos allí y para poder sacarla, hube de desenchufar el frigo, moverlo y tirarme al suelo, “panza abajo”; con la mano izquierda pude cogerle la punta de la cola y con la derecha envuelta en la manta obviamente, fui empujándola hacia atrás milímetro a milímetro. Mi intención era sacarla pero sin hacerle daño, así que estuve casi 1 hora luchando para lograrlo.
   Una vez conseguido mi objetivo, la coloqué en el aseo y la dejé solita, para que se tranquilizara. Durante las siguientes 2 semanas, a cada rato íbamos a verla, mi marido, mi hija y sus amigos y yo, la cogíamos en brazos, la mimábamos, pero ella seguía en sus trece: no quería domesticarse y se mostraba asustadiza y reticente a las caricias, aunque raramente gruñía. Reconozco que jamás la oí ronronear, mientras estuvo con nosotros. Al final, optamos por dejarla suelta por la casa y que vivera a su aire. Cuando se quedaba sobre un sofá acurrucadita, a veces nos dejaba mimarla, pero siempre manteniendo las distancias. Con el resto de nuestra habitual “jauría”, no tenía ningún problema, ya fueran felinos o caninos, convivía con todos pacíficamente; a quienes temía era a las personas. ¡Quién sabe por lo que habría pasado antes de que Mónica la rescatase!
En vistas a conseguirle un hogar, al mes de que estuviera en casa, puse un anuncio en internet y casi de inmediato me escribió Joaquín, un chico estupendo que vive en Murcia. Según él, se enamoró de ella por la foto y recuerdo que me dijo: - ¡Esa es mi gata! Por principios, desde que comenzamos con esta tarea de rescatar gatines hace mas de 7 años, siempre le hemos contado a los promitentes adoptantes, cuales son las virtudes y los defectos de su futur@ amig@ felin@, así que también esta vez, procedí a contarle a Joaquín que a la “niña” si bien estaba mucho mejor que cuando llegó, aún le faltaban muchos kilómetros de cariño y tolerancia para ser una gata mimosona. También añadí que como amo a los felinos, confío en que a todos hay que darles la ocasión de adaptarse y domeñar sus instintos de autoprotección y le expliqué que estaba segurísima de que con mucho cariño y paciencia, lograría que gatina llegara a ser más sumisa. El nombre: Morgana, se lo puso él en base a lo que le conté de su carácter y a que le dije un poco en broma y un poco en serio: que era una verdadera bruja, cuando se lo proponía.
   El día que vino a buscarla, ella se enfurruñó, por que como era obvio, no le apetecía en absoluto meterse en una caja de cartón (Joaquín aun no había tenido tiempo de comprarle un transportín, pues acababa de salir del trabajo), así que mordió a mi hija y a su mejor amiga que intentaban sacarla de debajo del sofá, donde se había metido. Luego del accidentado “rescate”, logramos al fin cerrar la caja y le pedí a su “papá” que no la abriera hasta no estar en un sitio cerrado, pues sabía que él había acondicionado una habitación de su piso solo para ella, donde pudiera estar cómoda, pero limitada a un espacio, tal como hacemos nosotros aquí.
Claro que como no todo sale como se lo planifica y menos cuando de Morgana se trataba, al llegar a la casa, la pequeña se escapó, se metió debajo de un sillón y durante 20 horas no asomó el hocico siquiera; al día siguiente, cuando llegó de trabajar, Joaquín se propuso un nuevo “salvamento”. Como era previsible, se llevó varias dentelladas y arañazos, pero al fin logró su propósito: meterla en su habitación. A partir de ese momento, comenzó un proceso de amistad entre los dos, sin prisas, pero sin pausas, basado únicamente en el amor, el respeto y la paciencia de uno para con el otro. Joaquín me escribía de vez en cuando, para comentarme de los progresos, pero unos 6 meses después me envió un viseo en el que se lo veía a él, sentado en el suelo, con Morgana, que a esas alturas ya tenía 8 meses, ronroneando, mimoseándolo y haciéndole cuanta carantoña os podáis imaginar. De inmediato recordé aquello de: “ver para creer”, porque el cambio había sido absolutamente radical. Un tiempo después, se les incorporó “Greys”,
una bellísima siamesita que Joaquín se encontró en la calle siendo una bebé y no tuvo corazón para dejarla tirada. Hoy son una familia feliz y aunque Morgana es muy absorbente y algo celosilla, es un ejemplo de COMPAÑERA, para ambos.

   Han pasado muchísimos gatines por nuestra casa, pero si alguien nos pregunta a mi familia o a los amigos que siempre están por aquí y que además de amar a los gatos igual que nosotros, nos ayudan y nos apoyan muchísimo, cual fue el “bicho” más difícil de domesticar que hemos tenido, todos sin titubear dicen: Morgana!!
    Sin embargo, esa preciosidad terminó demostrando mi teoría: que ningún gato es malo por naturaleza, solo hay que darles la oportunidad que se merecen (nunca olvidemos que ellos no pidieron ser domesticados) y sobretodo respetarlos y quererlos como son. Ellos se encargarán de valorarlo en su justa medida y jamás nos decepcionarán.



   Gracias Joaquín por haber confiado en Morgana y en ti mismo. Gente como tú es la que hace que valga la pena seguir rescatando gatines de la calle, porque eres la confirmación de que aún hay esperanzas para ellos.


   Dedicado a la Asociación Cuatro Gatos de Cartagena, infatigables luchador@s y fervientes defensor@s de la dignidad felina en particular y animal en general. Ole por Ana, Arantxa, Ina, Salvador y tod@s l@s colaborador@s y muy especialmente a Amparo, una gran veterinaria y mejor persona, a quien le deben la vida miles de mininos y perretes.

¡GRACIAS A TODOS: si no existierais, habría que inventaros!




Relato participante para la asociación Cuatro Gatos de Cartagena

Sany MG

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